EL SANTO ESCAPULARIO
...En 1314, la Santísima Virgen se apareció al Papa Juan XXII diciéndole estas consoladoras palabras:
«Quiero que anuncies que a todos los que por devoción entraren en mi Cofradía del Carmen y llevaren puesto mi Escapulario..., Yo, como Madre de misericordia, por medio de mis oraciones, méritos y protección especial, les concederé que sean libres de sus penas en el Purgatorio el sábado inmediato a su muerte, trasladándolos de allí a la eterna bienaventuranza».
Juan XXII promulgó este favor en la Bula llamada «sabatina»; y desde entonces los Papas que le sucedieron, como Alejandro V, Clemente VII, Pablo III, San Pío V y Gregorio XIII no dejaron de añadir nuevas indulgencias al Escapulario del Carmen. Dos son, pues, los principales privilegios que la Virgen nos obtiene por el porte devoto del Santo Escapulario: el primero es la salvación eterna; el segundo es la liberación del Purgatorio el sábado siguiente a la muerte. Para ganar dichos privilegios, la Santísima Virgen pidió varias condiciones, que podemos resumir a cuatro:
1º recibir la imposición del Escapulario de un sacerdote con poder para imponerlo, y llevarlo siempre puesto devotamente, esto es, como expresión de la devoción a Nuestra Señora (esta primer condición es la única requerida para ganar el primer privilegio; para ganar el segundo se requieren otras tres):
2º guardar castidad según el propio estado de vida;
3º rezar diariamente el Oficio Parvo, para los que saben leer, el cual suele conmutarse ya habitualmente por el rezo diario del Santo Rosario;
4º para los que no saben leer, observar ayuno y abstinencia todos los miércoles, viernes y sábados del año. 3º Espíritu de la devoción a Nuestra Señora del Carmen.
Pero hay más. El Escapulario ha de conducir al fiel a una tierna devoción a la Santísima Virgen, asimilándose el espíritu de la Cofradía del Carmen, que es unirse a los religiosos y religiosas del Carmen, en la profesión particular que hacen de honrar a la Madre de Dios, esto es, a la más pura de las Vírgenes, a la más gloriosa de todas las Madres; en una palabra, a lo que hay de más grande después de Dios, según la frase de San Bernardo: «Sobre ti, sólo Dios; por debajo de ti, todo lo que no sea Dios». Los cofrades, en señal de su devoción a esta gloriosa Virgen, se revisten de su hábito, para profesar por medio de él el culto que quieren dar a Nuestra Señora. De este modo enarbolan las señales de su dependencia, la librea de su Soberana; anuncian públicamente que pertenecen a María, y que no sólo quieren honrarla y respetarla, sino ser protegidos por ella, y vivir bajo su manto.
Conclusión.
La devoción a la Santísima Virgen ha sido siempre considerada en la Iglesia como señal infalible de predestinación: «Un siervo de María no perecerá jamás». Y la fiesta de Nuestra Señora del Carmen confirma este sentir. En efecto, Nuestra Señora promete a sus devotos, en este caso a través del porte devoto del Santo Escapulario, la gracia de la perseverancia final. Lo mismo sucede con otras prácticas marianas, tales como el rezo diario del Santo Rosario, y la comunión reparadora de los primeros sábados de mes: «Prometo asistir en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de su alma, a todos los que el primer sábado, durante cinco meses, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante quince minutos, meditando sobre los misterios del Rosario, con espíritu de reparación». Al aferrarnos, pues, al Santo Escapulario, no nos aferramos a una simple tela de lana, a modo de amuleto, sino a la promesa de Nuestra Señora del Carmen, que ha prometido salvar a los que lo lleven devotamente; esto es, a quienes lo lleven como señal externa de su devoción interior hacia la Santísima Virgen, de la confianza depositada en su protección, y de una vida santa, como conviene a un devoto hijo de María Inmaculada.
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